lunes, 31 de julio de 2017

UN ENCUENTRO EN BARCELONA

Los encuentros entre artistas a los que admiro son situaciones especialmente gratas a mi imaginación. No me refiero a la coincidencia habitual entre personajes que compartieron un entorno y cuya consecuente proximidad dio origen a roces de uno u otro signo. Es estimulante evocar las andanzas juveniles de Lorca, Dalí y Buñuel, o irse más atrás en el tiempo para imaginar las disensiones literarias, y de las otras, que separaron a Lope de Vega y Cervantes, pero no me estoy refiriendo a este tipo de contactos habituales y lógicos entre coetáneos que habitan en el mismo entorno. Lo que me lleva a escribir hoy son los encuentros únicos y buscados, que se producen una sola vez en la vida de sus protagonistas, normalmente porque el más joven de ellos lo propicia para dar alimento a su devoción por el otro.

Hace ya unos cuantos años, cuando este blog estaba en sus albores, escribí una entrada que llevaba como título Historia con minúscula y que trataba sobre una de esas confluencias, la que unió de forma efímera en Palermo en la segunda década del XVII a dos maestros del pincel, el joven Anton Van Dyck y la veterana Sofonisba Anguissola. Más de seis años después, me dispongo a glosar un encuentro de características semejantes que reunió, en tiempos mucho más recientes, a dos escritores a los que admiro de forma especial. Dado que esta entrada se enmarca dentro del proyecto Adopta una autora (que, para mi vergüenza, he tenido relegado al olvido durante dos meses, pero que ahora me dispongo a reanudar), los lectores habituales de este espacio sabrán de sobra que uno de los extremos de este hilo tendido entre dos mundos literarios lo ocupa Mercè Rodoreda. En el otro se encuentra un escritor colombiano que había dado hacía poco un empujón definitivo al boom de la novela hispanoamericana con las deslumbrantes historias de un pueblo llamado Macondo.

Era el inicio de la década de los setenta; el gran Gabo, que es quien narró esta anécdota más de una década después, no recordaba el año con exactitud. García Márquez vivía en una Barcelona exultante en el terreno cultural, en la que se había producido la confluencia de veteranos de las artes catalanas con advenedizos tan brillantes como él mismo o como Vargas Llosa. Gabo había entrado hacía poco en la cuarentena, cambio que se había producido de forma simultánea a su ingreso en el paraíso de los inmortales gracias a la publicación de Cien años de soledad. Este autor todavía joven pero ya de desmesurada trascendencia siente una especial predilección por un personaje discreto que habita en un rinconcito de esa ciudad llena de estímulos para un temperamento artístico. Por aquel entonces, Mercè Rodoreda pasaba ya de los sesenta y había escrito hacía no mucho la novela que más fama le reportaría, La plaza del diamante. Su trayectoria y la del escritor colombiano difieren diametralmente: frente a un individuo entregado en cuerpo y alma desde una edad temprana a la tarea de escribir, una mujer arrastrada por la corriente de los acontecimientos en una de las épocas más duras de la historia española; un periodista y narrador que vive con el bolígrafo en la mano frente a una exiliada que sorteó guerras y zozobras antes de encontrar un hueco para su escritura. No sabemos lo que Mercè pensaba del mundo abigarrado y sorprendente de Gabo; lo que si sabemos es que éste la admiraba y consiguió entrevistarse con ella. El novelista del boom y la encarnación del alma de Barcelona, frente a frente. Qué no daría yo por poder asomarme, por una rendija del tiempo, a ese encuentro que tuvo lugar en un apartamento que daba al Parque de Monterols. García Márquez encontró a Rodoreda en las proximidades de un jardín. No podía ser de otra manera.

El relato de lo que sucedió en esta entrevista lo encontramos en un artículo de opinión de García Márquez que apareció en El País el 18 de mayo de 1983. El motivo que le impulsó a sacar a la luz dicha anécdota más de una década después no era otro que la noticia, que acababa de recibir, de la muerte de Rodoreda. El recién laureado escritor (había recibido el premio Nobel el año anterior), de paso por Barcelona, había entrado en una librería y había preguntado por la escritora. Le informaron de que había muerto hacía un mes. Escandalizado por la escasa repercusión que dicho fallecimiento había tenido fuera de España, García Márquez escribe un texto con el revelador título ¿Sabe usted quién era Mercè Rodoreda? Dejo a continuación el enlace a este artículo emocionante, que rezuma admiración hacia la autora desaparecida, y que evoca momentos tan deliciosos como aquel en que ambos escritores exponen sus detalles preferidos de la obra del otro.

Una última cuestión: me habría encantado acompañar esta entrada con una imagen de los dos escritores juntos, pero no creo que exista constancia gráfica alguna de aquel encuentro en Barcelona. Investigando por la red, he descubierto la obra del fotógrafo menorquín Toni Vidal, que retrató a las grandes figuras de la eclosión cultural catalana de los setenta, entre ellas a los protagonistas de esta historia. Por cuestiones del desigual trato que la fama ha dado a uno y a otra, el retrato de García Márquez es fácil de encontrar: es una fotografía en blanco y negro que nos lo muestra de perfil, con su inconfundible pelo rizado y una sombra que cubre sus ojos y otorga una carga de misterio a su mirada. El de Mercè Rodoreda, en cambio, se ha resistido tenazmente a mis tentativas de localizarlo. En principio solo pude averiguar que se trata de una imagen en color que la muestra sonriente, rodeada de verdor. Cuando ya desesperaba de conseguirla, he dado con varias página web que reúnen instantáneas de la exposición Toni Vidal retrata la cultura catalana de los setenta que tuvo lugar en Caldes d’Estruc en 2014. Y, entre ellas, dos en las que se ve al fotógrafo posando precisamente junto a los retratos de García Márquez y de Rodoreda. Y casualidades de la vida: según he descubierto, esta misma muestra se expone en la actualidad en el Museo de Historia de Cataluña. No descarto una visita relámpago a Barcelona para ver en vivo el rostro sonriente de Mercè.


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